domingo, 6 de septiembre de 2015

El diablo y los niños


Querido Jem,

                       Hoy sucedió algo de lo que quisiera hablarte, pero cada vez que me lo proponía me faltaban las palabras, y el corazón me pesaba como una piedra en el pecho. Incluso ahora que me he decidido por este pobre sustituto de la conversación la mano tiende a quedarse inerte, como resistiéndose a tocar el tema.
                       A media mañana me senté en un café a descansar un rato, y al tomar el diario encontré la imagen de un niño muerto en la playa. El estómago se me hizo un nudo. Tuve que apartar la mirada aunque ya no veía nada por las lágrimas. La soledad de ese niño me hizo sentir mucha tristeza.
                     Ya te estás haciendo hombre Jem, y hay cosas que debes saber. Los niños son un gran tesoro, porque manifiestan la esperanza. Pero el diablo, Jem, él y sus demonios odian a los niños. Están desesperados, y quieren lo mismo para nosotros. Ellos sienten que la Encarnación es el peor insulto de Dios; ¿cómo pudo alguien tan grande hacerse algo tan pequeño, tan frágil, tan voluble? Ellos no aprecian la ternura de las caricias de sus manos calentitas ni la risa y el juego espontáneos. Los aborrecen. Ante su miedo, dolor o sufrimientos, ellos gozan. Son verdaderamente perversos, Jem, son terribles.
                     Pero tú, querido hijo, vas a ser un hombre, pronto vas a serlo, y debes saber que el deber de un hombre es defender a los débiles, especialmente a las mujeres y los niños. Su vitalidad y alegría deberían llenarte de gozo; su fragilidad y sufrimiento de compasión. Siempre debes tener presente al Niño Dios en el pesebre en pleno invierno, y estar dispuesto a ser su caballero.
                     No olvides esto jamás Jem. Con gran cariño,
Atticus